El Escapulario De La Bruja Historia de Terror

El Escapulario De La Bruja Historia de Terror

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Comenzaré contando el final. Cuatro caballos asustados, tres hombres colgados, dos jinetes y un escapulario.

Uno de los colgados El Escapulario De La Bruja Historia de Terror, a pesar de llevar más de 3 minutos ahorcado, hablaba, suplicaba ser bajado, pedía que se le quitase la soga del cuello. Los caballos estaban inquietos, tenían miedo ante semejante escena. Ambos jinetes se apuntaban con un arma dispuestos a matar al otro. Los dos dispararon, solo uno murió. El que quedó vivo, trató de arrancarle el escapulario al colgado que se quejaba. Pero en cuanto lo tocó, un fuerte grito salió del escapulario, era tan estruendoso que el jinete cayó golpeándose la cabeza y muriendo, los cuatro caballos se alejaron corriendo desesperadamente.

Mi bisabuelo era el colgado que se negaba a morir….

Lo que les voy a relatar es una historia que mi bisabuelo le dijo a mi abuelo, mi abuelo a mi padre, y finalmente mi padre a mí.

Esto ocurrió muchos años antes de que mis bisabuelos se conocieran. Fue cuando mi bisabuelo tenía menos de 20 años.

En aquellos años mi bisabuelo trabajaba para un hacendado. Se encargaba de llevarle las pacas a los animales, de bañarlos y de cuidarlos.

Lo cierto es que no ganaba mucho pero mi bisabuelo no tenía gastos, el señor le dejaba dormir en la hacienda y ahí podía comer de la cocina, el hacendado le tenía mucha confianza.

Cada cierto tiempo se llegaban las fechas de la venta de animales y era cuando mi bisabuelo tenía un día de descanso o dos. Le gustaba irse a tomar a una cantina. Dice mi padre que era de beber tequila, mucho tequila, lo aguantaba bien, no se ponía borracho con facilidad.

Mi bisabuelo tenía dos amigos, Pedro era el sacristán de la iglesia y Antonio trabajaba en las peleas de gallos.

Mi bisabuelo y sus amigos siempre fueron buenos muchachos, sí, tomaban y apostaban, pero nunca causaban problemas, no se metían en peleas y no molestaban a nadie, a ellos les gustaba vivir su vida de forma tranquila.

Yo no conocí a mi bisabuelo, pero dicen que siempre andaba con un cigarro en la boca y otro en la mano. Pues esa manía la aprendió de Pedro.

De vez en cuando mi bisabuelo le pedía prestado tres caballos al hacendado, nunca le decía que no. Con esos caballos, mi bisabuelo y sus amigos salían a buscar mujeres, dicen que los caballos de la hacienda donde trabajaba mi bisabuelo eran los mejores de la región.

Era común en aquellos años que los hombres anduvieran armados, mi bisabuelo no era la excepción. Sabía disparar, el hacendado le enseñó. En toda su vida solo disparo en una ocasión a una persona.

Eso pasó una noche, en aquella ocasión hacía bastante frío y estaba lloviendo. Mi bisabuelo y sus amigos venían en los caballos del hacendado, ya iban a regresar los caballos. Entonces vieron que un pistolero tenía sometida a una viejita, quería robarle algo que la anciana protegía con todas sus fuerzas, el pistolero se desesperó y le apuntó a la mujer en la cabeza. Mi bisabuelo no lo pensó dos veces, desenfundó su arma y le dio 2 tiros al pistolero, cayó sin vida.

Mi bisabuelo y sus amigos se acercaron a la viejita para ayudarla a ponerse en pie. Se ofrecieron a acompañarla hasta su casa y ella aceptó. Mi bisabuelo la subió a su caballo y partieron, despacio para que la señora no se fuera a lastimar.

La anciana vivía en una colina. En una pequeña choza. Ella los invitó a tomar un poco de agua. Se pasaron a la casita y se sentaron en la mesa. La mujer les sirvió mientras seguía dándoles las gracias por haberla ayudado. Ella les preguntó si querían algo a cambio, les dijo que tenía algunas monedas de oro y que podían tomarlas. Los tres se negaron. Mi bisabuelo le dijo que con ese dinero mejor se comprara una pistola, le dijo que él le enseñaría a disparar.

Los tres terminaron su agua y se levantaron, se despidieron de la señora y salieron de la casa. Subieron a los caballos, apenas se dieron la vuelta y la viejita les gritó que esperaran un poco. Se acercó con Antonio y le dio unas botas, luego a Pedro le dio un sobrero, a mi bisabuelo le entregó un escapulario, le dijo que mientras lo trajera puesto se mantendría a salvo de todos y de todo.

Mi bisabuelo y sus amigos agradecieron los detalles y se fueron.

Un día, sin previo aviso, Antonio llegó a la hacienda, venía bien vestido, se veía bastante contento, irradiaba felicidad. Antonio le contó a mi bisabuelo que la primera vez que se puso las botas que la doña le había dado sintió una extraña necesidad de irse a caminar al monte. Caminando por el monte, una de las botas de Antonio se atoró en un trozo de madera que estaba enterrado debajo de la tierra. Una cosa llevó a la otra y Antonio terminó descubriendo una buena cantidad de monedas de oro escondidas en un pozo que había sido cubierto con madera y tierra.

Mi bisabuelo no lo podía creer. Antonio le dijo que fueran por un trago para celebrar, pero mi bisabuelo le dijo que no podía dejar el trabajo, así como así, entonces Antonio fue con el hacendado y le ofreció algunas monedas de oro a cambio de que le diera a mi bisabuelo un permiso de unos días. Por supuesto que el hacendado aceptó.

Antonio y mi bisabuelo fueron al lugar de las peleas de gallos, donde trabajaba Pedro, pero no lo encontraron. Uno de los que estaban ahí lo habían visto irse con la viuda del pueblo.

Eso les pareció extraño. Decidieron ir a la cantina por unos tragos y un plato de frijoles. Ya por la noche mi bisabuelo y su amigo decidieron ir hasta la iglesia para ver si encontraban a Pedro. En efecto ahí estaba. Le comentaron lo que habían escuchado en las peleas de gallos sobre que se había ido con la viuda. Pedro les contó que una vez que se puso el sombrero todas las mujeres voltearon a verlo, todas, incluyendo a la viudita que iba pasando afuera de la iglesia.

Esa viuda era la mujer más codiciada del pueblo, no solo por la gran fortuna que había heredado de su difunto esposo, sino también por su incomparable belleza, a eso hay que sumarle que la viuda tenía tan solo 16 años, sus padres la habían casado a los 13 años con un viejo millonario que murió al poco tiempo.

Así que claramente Pedro iba a elegir a la viuda por sobre todas las demás mujeres. Antonio le contó sobre el oro que había encontrado y llegaron a la conclusión que los regalos que habían recibido de la anciana les habían traído suerte.

Entonces mi abuelo recordó el escapulario, lo traía consigo, pero no se lo había puesto porque sería incómodo para trabajar, claro que luego de escuchar la suerte que habían tenido sus amigos inmediatamente se puso el escapulario.

Los tres estaban de acuerdo en que tenían que ir con la doña a darle las gracias. Antes de ir con ella, Antonio los llevó a comprar algunas cosas para la señora. Cuando llegaron a su casa le llevaron unas gallinas, un puerco, unas sandalias y un vestido.

La señora estaba sorprendida, contenta, les dio las gracias. Pedro y Antonio le contaron lo que les había pasado, mi bisabuelo permanecía en silencio, mi padre dice que en ese momento mi bisabuelo comenzó a sospechar un poco sobre quién era esa anciana.

Ahí comieron. Después fueron a las peleas de gallos, mi bisabuelo creía que si apostaba a un gallo ese era el que iba a ganar. No fue así, no había tenido suerte.

Después fueron a la cantina, ahí les dijeron que dos misteriosos jinetes habían llegado preguntando por ellos, nadie les dijo nada.

Se les hizo raro, pero ellos habían ido a la cantina por unos tragos así que procedieron. Apostaron un poco y unas horas más tarde salieron. Vieron pasar a don Chuy, mi padre alguna vez me dijo que ese pobre hombre había perdido todo y solo se había quedado con sus dos caballos, los llevaba con él a todas partes y se negaba a venderlos, la poca comida que lograba conseguir se las daba sus caballos, no le importaba pasar hambre.

Antonio se acercó a él y le ofreció algunas monedas de oro a cambio de que les prestara sus caballos, don Chuy había sido amigo del difunto papá de Antonio así que le confió sus amados caballos.

Mi bisabuelo les dijo a sus amigos que había que ir a la capital, aún era buena hora, si partían ya, podrían llegar a la media noche, total ya tenían dos caballos.

Los amigos de mi bisabuelo aceptaron. Él tomó un caballo y Pedro y Antonio el otro.

Ya estaban bastante lejos del pueblo cuando mi bisabuelo se dio cuenta de que los venían siguiendo, sí, se trataba de los jinetes que los habían ido a buscar antes a la cantina.

Los caballos de esos jinetes eran mucho más rápidos que los que llevaban mi bisabuelo y sus amigos, así que los alcanzaron y los tiraron de los caballos.

Mi bisabuelo le contó a mi abuelo que mientras intentaba ponerse en pie pudo ver como esos jinetes dejaron sus caballos, sacaron una soga cada quién y colgaron a sus amigos de un árbol. Mi bisabuelo se asustó y quiso sacar su arma, pero le dieron un golpe, entonces mi bisabuelo sintió cómo le enrollaron una soga al cuello, comenzó a gritar y a patalear, fue inútil, también lo colgaron.

Mi abuelo le contó a mi padre que mi bisabuelo quedó paralizado cuando se dio cuenta de que no le faltaba el oxígeno, no podía respirar por la soga que tenía al cuello, pero no estaba muriendo. Mi bisabuelo cuenta que el tiempo se volvió más lento, él totalmente desconcertado sin entender por qué no se moría, seguía pidiendo que por favor lo bajaran, le dolía mucho el cuello.

Mi bisabuelo vio como uno de los jinetes le quitó las botas a Antonio y como el otro de una pedrada le quitó el sombrero a Pedro. Entonces ambos jinetes se miraron, sacaron sus armas y dispararon, uno cayó, el otro no. Entonces se paró frente a mi bisabuelo, quien aún estaba pidiendo que lo bajaron, le sonrió y trató de quitarle el escapulario, entonces se escuchó un fuerte grito, tan estruendoso que los cuatro caballos huyeron despavoridos, el jinete también se asustó y terminó cayendo golpeando su cabeza contra una roca y muriendo al instante.

Mi bisabuelo pasó toda la noche ahí, colgado junto a sus amigos muertos. Poco antes de que amaneciera llegaron las aves carroñeras para alimentarse, una de las aves que intentaba picotear a mi bisabuelo terminó picoteando la cuerda y se rompió. Mi bisabuelo cayó, estaba completamente agotado, y con un dolor insoportable en el cuello.

La soga le dejó a mi abuelo una cicatriz que lo acompaño el resto de su vida, cicatriz que le recordaba que no podía morir mientras tuviera puesto el escapulario de la bruja.

 

Autor: Ramiro Contreras

Derechos Reservados

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