La Flor De Cempasúchil Historia de Terror

La Flor De Cempasúchil Historia de Terror

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La flor de 20 pétalos, así se conoce al cempasúchil, también se le conoce como la flor del inframundo, ya sabes, por eso de que se utiliza para adornar las ofrendas a los muertos La Flor De Cempasúchil Historia de Terror.

Se creía que la flor de cempasúchil viene del Sol, por su color por supuesto, ese es el motivo por el cual las antiguas culturas la utilizaban. Pensaban que esta flor, al venir del Sol, iluminaría el camino de los muertos para que les fuera más fácil llegar al otro lado.

Lo cierto es que el cempasúchil es una flor hermosa, mi difunta esposa pensaba lo mismo. Recuerdo que nos conocimos un 27 de octubre, ella traía una de estas flores naranjas en el cabello y un colibrí bajó para posarse sobre su cabeza. Fue un momento bastante peculiar.

Ella también murió un 27 de octubre, un año después de casarnos, su tumba la cubrí con cientos de flores de cempasúchil. Yo nunca había hecho un altar de muertos, a ella le hice uno. El altar que le puse tiene 6 años ahí en la sala, no lo he quitado, siempre lo mantengo presentable y libre de polvo.

El día en que ella falleció regresé a casa completamente roto, pero no podía dejarme morir en soledad, a ella no le hubiera gustado, así que solté las pastillas y salí al patio a comenzar mi propio cultivo de flor de cempasúchil.

Tiré todas las plantas que tenía para poder utilizar las pequeñas macetas. Después fui a la alacena para tomar algunas de las semillas que mi mujer utilizaba para hacerse un té de esa flor naranja.

Un poco de tierra, agua y Sol, y al cuarto día comenzaron a asomarse las primeras hojas de la planta, sí, los frutos emergieron un día antes del día de muertos.

Yo había planeado una cena muy especial para el 2 de noviembre. Esa noche me vestí de gala, subí a mi vehículo y conduje hasta el restaurante donde había hecho la reservación. Me estacioné y luego bajé para entrar al lugar. Me senté en la mesa que sería nuestra mesa. Llegó el mesero y sirvió dos copas de vino blanco. Un par de lágrimas salieron de mis ojos. Me levanté de la mesa y volví a mi vehículo.

Conduje hasta llegar a la carretera, me estacioné en una orilla mientras observaba la Luna llena. Abrí la guantera y tomé un cigarro, yo jamás fumé, esos cigarros eran de mi mujer. Mientras intentaba encenderlo pude ver por el retrovisor que un tráiler se acercaba. Encendí mi auto, respiré y profundo y luego giré el volante y aceleré intentando atravesarme en el camino del tráiler.

Una semana después desperté en el hospital. Ahí estaba mi hermana. Me dijo llorando que había sobrevivido de puro milagro, quise secar sus lágrimas con los dedos de mi mano derecha, pero descubrí que me faltaba el brazo, resulta que el hueso se había hecho pedazos, quedé en shock.

Estuve un buen tiempo en recuperación, mi hermana, su esposo y mis sobrinos me hicieron compañía durante esos difíciles momentos.

Yo no tenía dinero para pagar una prótesis, pero mi cuñado sí, me negué a aceptar más ayudad de la que ya me habían dado. El hecho de haber estado conmigo era bastante más valioso que los cientos de miles de pesos que conllevaba una prótesis.

Finalmente, fui dado de alta. Le pedí a mi hermana que me llevara al lugar donde había perdido el brazo, ya que no fue lo único que perdí esa noche, también perdí mi anillo de bodas.

Fuimos, sí, pero claramente ya no encontramos nada. Me llevó de vuelta a mi casa y me dijo que la llamara si necesitaba cualquier cosa.

Antes de entrar lo primero que hice fue ir al patio. La flor de cempasúchil había crecido bastante bien gracias a las leves lluvias que hubo en esos días, ya no tardaban en brotar las primeras hojas.

Como pude saqué una mecedora y me senté a observar el atardecer, mientras me bebía un vaso de whisky que había dejado servido la noche del accidente.

Ya había perdido demasiado: mi anillo de bodas, mi brazo y a mi mujer.

No iba a quedarme sentado ahí a esperar que otra cosa me quitaba Dios. Tomé mi celular y llamé a un viejo amigo. Le pedí que fuera a la casa, que era importante.

Llegó un par de horas más tarde. Este amigo era el sepulturero del cementerio donde mi esposa había sido enterrada.

Él sabía que yo no estaba nada bien así que llegó con algo de comer y con un doce.

Comimos y tomamos, platicamos de algunas cosas, nos dieron las doce de la noche. En cuanto se terminó la última gota de alcohol lo miré fijamente a los ojos y le dije que necesitaba de su ayuda. Me dijo que contara con él sin importar de qué se tratara.

Pude ver como se dilataron sus pupilas cuando le pedí que me ayudara a sacar del cementerio el cuerpo de mi mujer. Se alteró un poco y me preguntó si acaso me había vuelto loco. Le respondí que me iba a volver loco si no intentaba recuperarla. Me tomó del hombro y me dijo que ella ya se había ido. Yo le respondí que eso lo sabía, pero yo quería traerla de vuelta, le dije que no estaba seguro de sí mi plan iba a funcionar, pero tenía que intentarlo al menos.

Intentó disuadirme en repetidas ocasiones. Pero me aseguré de dejarle en claro que no había poder humano ni divino que me hiciera cambiar de opinión.

Aceptó, pero me dijo que sería lo último que él iba a hacer por mí, estuve de acuerdo con la condición.

Subimos a su pick-up y partimos directo al cementerio. Yo solo veía a través de la ventana, de pronto comenzó a caer, no a cántaros, solo una lluvia leve.

Durante los 20 minutos que duró el viaje no pude dejar de pensar en todo lo que podía salir mal con mi plan. Pero no hay nada peor que vivir sin la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida.

Llegamos al panteón, el portón estaba cerrado. Mi amigo se bajó y se acercó su compañero que estaba en turno, le pasó algunos billetes y nos dejó entrar.

Yo claramente no podía ayudar con la extracción así que entre mi amigo y su compañero comenzaron a cavar. Comenzó a hacer más viento y el cielo empezó a tronar. Alguien allá arriba no estaba contento.

Tardaron una hora en quitar toda la tierra de encima. Ellos dos no tenían problema en mover un cuerpo, estaban acostumbrados, antes de sacar a mi difunta mujer me dijeron que debería voltearme y cerrar los ojos en lo que subían el cuerpo a la pick-up, insistieron en que sería demasiado impactante para mí ver el suceso. Les hice caso.

Sacaron a mi mujer, la metieron en una bolsa negra y la cerraron bien. Después la subieron a la cajuela. Les pedí que me ayudaran a cargar todas las flores naranjas.

Antes de irme le di algunos billetes más al tipo que nos ayudó. Mi amigo y yo subimos a su vehículo y salimos del cementerio.

Un tortuoso silencio nubló todo el camino. En determinado momento pasamos por un prominente bache que ocasionó que mi mujer se moviera mucho golpeando las orillas de la cajuela. Mi amigo detuvo el vehículo y bajó para revisar que todo estuviera bien allá atrás.

Continuamos el camino y entonces, cuando estábamos bastante cerca de mi casa, pudimos ver a lo lejos que había un retén, mi amigo se orilló y apagó el vehículo. Sin voltear a verme me preguntó qué íbamos a hacer. Le dije que yo podía continuar solo. Me dijo que pediría un taxi y que al día siguiente iría por su vehículo a medio día. Dicho esto, salió.

Me crucé al lado del conductor. Encendí la pick-up y aceleré. Ya estaba bastante cerca del retén cuando detuvieron un carro, el tipo bajó y comenzó a correr, cuando pasé al lado del carro pude ver que llevaba a una acompañante demasiado joven. Pude pasar el retén sin problemas.

Llegué a mi casa, estacioné el vehículo en reversa para que nadie viera lo que traía en la parte de atrás. Me quedé sentado mientras escuchaba como el motor se detenía tras apagar la pick-up.

Abrí la puerta, bajé, fui a la parte de atrás y me las ingenié para subir a la cajuela. Agarré mi playera y me cubrí la nariz, por aquello del olor. Rompí la bolsa y el cuerpo de mi mujer quedó expuesto. Definitivamente, no se veía como la última vez que la vi. Pero era ella.

Cubrí su cuerpo con todas las flores de cempasúchil. Entré a mi casa y fui al cuarto. Abrí el ropero, metí mi mano hasta lo más profundo y saqué una caja que mi mujer había guardado como su mayor tesoro. La llevé conmigo y subí de nuevo a la cajuela. Abrí la caja, dentro había frascos con algunos brebajes que mi mujer había conseguido en diferentes ciudades de Tlaxcala y Puebla.

Todos los líquidos los vacié sobre las flores de cempasúchil esperando que surtieran efecto y me devolvieran a mi esposa. No funcionó. Mi mujer no volvió a la vida.

Esa madrugada estuve sentado junto a su cadáver. Esa noche me quedó claro que la muerte es una fuerza contra la que no se puede luchar.

 

Autor: Ramiro Contreras

Derechos Reservados

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