Ancianas En El Desierto

Ancianas En El Desierto

0
(0)

Ancianas En El Desierto

El relato que contaré a continuación, sucedió cuando tenía apenas 16 años, hoy ya tengo una familia, y de verdad deseo que jamás le pase algo así a mis hijos.

Tuve que ir al psicólogo durante un largo tiempo para quitar ese horrible trauma.

Todo empezó cuando mis primos organizaron un viaje de fin de año.

Ahí teníamos más familia, y nos habían invitado a pasar navidad, nuestros padres primero no estaban tan convencidos de que nos fuéramos los tres solos, pero mi tía los convenció diciendo que solo sería el trayecto, y que cuando llegáramos no nos dejarían solos.

Así fue que aceptaron, aunque les preocupaba que teníamos que pasar por el desierto para llegar más rápido.

Nos fuimos en el Jeep de Benjamín, uno de mis primos, su hermano menor Óscar iba de copiloto, y yo iba atrás.

Desde que salimos de la ciudad hacia un calor insoportable, pero estábamos animados, sabíamos que la pasaríamos muy bien, y aprovechamos para platicar mucho durante el viaje.

La música a todo volumen no podía faltar.

Los tres estábamos muy contentos y ya queríamos llegar.

Salimos a medio día y llegando al desierto ya eran las 6:30, y con el horario de aquel entonces empezaba a oscurecer.

Ese lugar era enorme, no podías ver más que arena y muchos cactus. La carretera estuvo completamente sola por un rato, hasta que vimos que atrás venía un camión de helados, la música tradicional sonaba fuerte.

Definitivamente, eso era muy extraño, ¿Cómo era que un heladero estuviera ahí donde no había niños y a esa hora?

Nos rebasó e hizo sonar su claxon.

Los vidrios del vehículo estaban polarizados, pero se veía perfectamente una silueta saludando con la mano.

Me dio muy mala espina, y se los dije a mis primos.

Ellos asintieron con la cabeza, Benjamín dijo que debíamos esperar a que fuera primero, y se alejara para poder estar más tranquilos.

El camión ya iba delante de nosotros, pero un momento después se dio la vuelta hacia donde estábamos y la música parecía sonar más fuerte, que hasta lastimaba los oídos.

Nos tapamos con las manos para disminuir el sonido y nos miramos mutuamente.

El miedo comenzó a sentirse en todo el Jeep, y Óscar intentó marcarle a mi tía, pero no había señal, en el desierto eso era obvio.

Cuando el camión estaba a un lado del nuestro, volvió a tocar el claxon. Mi primo menor, muy asustado y molesto, bajó el vidrio, y comenzó a decirle groserías para que nos dejara en paz, y aunque suene raro funcionó.

El heladero se fue derecho y ya no lo vimos de nuevo, nos sentimos aliviados por esto.

Un rato después estábamos riendo por lo acontecido, porque mi primo se había puesto agresivo y le agradecimos, porque al parecer ahuyentó a quien quiera que fuera.

Ya estábamos cansados y acalorados por todas las horas de viaje, pero el camino del desierto parecía no acabar.

Unos metros más tarde vimos algo sorprendente.

Era un enorme bar, las luces estaban prendidas, eran un color rojo intenso y el logo era un símbolo muy extraño.

Era una increíble oportunidad de desestresarnos y divertirnos después del largo camino que habíamos recorrido.

Benjamín nos dijo que se le hacía inusual que hubiera algo así en medio del desierto donde no había nadie.

Le dije que se relajara, que seguro pasaban frecuentemente carros o algo en días festivos.

Nos estacionamos afuera del lugar y entramos.

Era un lugar tenebroso, pues la luz dentro era tenue, y solo había unas cuantas mesas muy viejas.

Una señora nos dio la bienvenida con una enorme sonrisa, y nos ofreció algo de tomar.

Cada quien escogió algo, y lo trajo después de un rato.

Las bebidas se veían extravagantes, y tenían un sabor muy fuerte, en varias ocasiones me parecía que la mía sabía a hierbas.

Poco a poco nos fuimos acostumbrando al sabor y al lugar, después de todo no estaba tan mal.

Solo éramos nosotros y la señora, que no sé por qué me parecía que cada vez se veía más vieja. Supuse que era el alcohol.

Un par de horas después pensamos que debíamos irnos, aunque la verdad era mala idea, porque Benjamín ya estaba algo mareado y era peligroso irnos así, ya eran casi las 11 de la noche y mi tía ya estaría preocupada por nosotros, ya tendríamos que estar ahí.

La señora, que por cierto era muy amable, vio que estábamos discutiendo por eso y nos ofreció pasar unas horas atrás del lugar, en su casa, nos dijo que solo vivía con su hermana y que seguro no tendría problema con que estuviéramos ahí, y que de hecho ya iba a cerrar el bar.

Platicamos un rato, y llegamos a la conclusión de aceptar la propuesta de la mujer para no tener problemas en el camino, dormiríamos un rato y seguiríamos manejando cuando nos sintiéramos mejor.

Esperamos a que cerrara el bar y le ayudamos a poner los candados, estábamos algo mareados, pero podíamos caminar bien, y estábamos conscientes de todo.

La seguimos hasta llegar a una vieja casa de madera que estaba atrás.

En el piso había un tapete que citaba “Bienvenidos” y en las ventanas unos pajaritos de cerámica, la puerta era grande y en medio tenía un pentagrama dibujado, pensé que tal vez algún maldoso lo había hecho.

Sacó las llaves y antes de meterlas en la cerradura alguien la giró del otro lado. Cuando se abrió vimos a otra señora, mucho más grande y con un semblante pesado.

Se saludaron alegremente, y en el momento en que nos miró a nosotros, sentí que lo hacía con repulsión.

Su hermana le platicó la situación, y ella solo le contestó con un seco “está bien”.

Nos llevaron a un cuarto en el fondo de esa antigua casa.

Todo estaba lleno de polvo, pero caímos rendidos en una cama muy grande que estaba en medio.

Nos quedamos dormidos un buen rato, pero desperté antes que mis primos, porque tenía mucha sed. Fui por donde habíamos entrado a ver si encontraba a alguna de las señoras, pero no estaban.

Así que busqué en los otros cuartos y vi a una de ellas dormida, no quise despertarla, seguramente la otra estaba por ahí.

Caminé hacia lo que parecía la cocina, y me quedé paralizado cuando vi que la otra viejita estaba parada frente al refrigerador, pero su cuerpo era totalmente diferente, pues sus extremidades eran patas de diferentes animales, pero eso no era lo peor.

Pude ver rápidamente que había una joven amarrada en la mesa, inconsciente, con la ropa rasgada, me escondí atrás de la pared y seguí observando.

La anciana cortó un pedazo del cabello de la chica, y lo puso en un cazo gigante que estaba en la estufa, después le pinchó el dedo, y la sangre también la vertió ahí.

Después sacó un cuervo muerto de un recipiente y lo puso en la mezcla.

Me asusté muchísimo y fui al cuarto donde estaban mis primos.

Les dije que teníamos que irnos, ellos no entendían nada, pero les pedí que saliéramos en silencio o esas brujas nos atraparían.

Uno de ellos dijo que lo mejor sería esperar a que amaneciera, porque él había escuchado que iban a salir en la madrugada al pueblo, y que así podríamos escapar en la camioneta.

Faltaba poco para que saliera el sol, así que acepté, necesitábamos que las viejas se fueran de ahí para poder escapar.

Las horas se pasaron lentamente, temía por nuestra vida. Ya quería largarme de ahí, los teléfonos no tenían señal y la camioneta haría mucho ruido si la tomábamos.

Escuchamos luego de un rato que hablaban, y después la puerta principal cerrarse.

Fui con prisa hacia la ventana, y me asomé haciendo la cortina de lado.

Ellas subieron a un pequeño carro negro, ya muy viejo, y se fueron.

Llamé a los chicos y fuimos afuera por la camioneta, pero para nuestra sorpresa todas las llantas estaban ponchadas.

El miedo no cabía en nuestro cuerpo, volvimos adentro y buscamos un teléfono con señal o algo que nos ayudara a salir de ahí.

Vimos que había una vieja cochera y entramos.

Los 3 nos miramos al mismo tiempo cuando vimos que ahí estaba el carro de helados que habíamos visto la tarde anterior.

Al parecer las brujas utilizaban ese vehículo para cazar a sus víctimas.

Era la única opción, buscamos las llaves por todos lados y las encontramos en un cajón.

Subimos, y yo que estaba atrás estaba a punto de vomitar, cuando vi que en los botes en los que debería haber helado había animales muertos y sangre.

El piso del vehículo estaba lleno de pentagramas y símbolos que no entendía.

Luego encontré una pequeña libreta que tenía muchas recetas. No eran recetas de comida normal, tenían los pasos para ser más joven y bella, para vivir más, para volar, para robarle las extremidades a los animales, para robarle el alma a un bebé, para entregarle al demonio el alma de alguien más, para que concediera favores y muchas más atrocidades.

Ya íbamos llegando a la ciudad cuando escuchamos algo caer en el vehículo, me asomé por la ventana y vi a las dos ancianas flotando a lado, sus pies se elevaban con facilidad y sus risas eran demasiado escandalosas.

Nos gritaron maldiciones, pero Benjamín manejó rápido hasta llegar a la ciudad.

Paramos y le marcamos a mi tía para que fuera por nosotros.

Estaba muy preocupada, nos dijo que había estado pensando en porque habíamos tardado tanto, y porque no contestamos las llamadas.

Le dije que ya tendríamos tiempo para explicarle, pero que por favor fuera por nosotros.

Llegó al cabo de una hora, y nos fuimos ya más tranquilos.

Le contamos a la policía lo de la chica, pero cuando llegaron al lugar no había nada.

Esa experiencia no nos dejó disfrutar de los siguientes días, y menos cuando la última noche mi tía nos dijo que nos había llegado una carta.

No tenía remitente, pero nuestros nombres estaban ahí.

Creí que quizá sería de mis tíos o de mis padres.

La abrimos, el papel estaba arrugado y hasta amarillo por el paso del tiempo, en él se podía leer lo siguiente. “Sabemos dónde están y ya vamos por ustedes”.

Óscar comenzó a temblar de miedo, eran ellas. Ellas habían escrito eso, sabían que estábamos ahí, y toda mi familia corría peligro.

Esa fue la peor noche de mi vida. Ninguno de los 3 pudimos dormir, ya le habíamos contado a mi tía, y había rociado agua bendita por todos lados.

Al otro día no pasó nada, y tampoco los demás días, ni los siguientes años.

Hasta hace una semana que me marcó Benjamín, y me dijo que había llegado otra carta a su casa, que decía. “Ya vamos por sus hijos”.

Temo por la seguridad de mis pequeños, y más porque los últimos días escuché pisadas en el techo e incluso risas. Decidí bendecir mi casa, y por supuesto a mis hijos. Me arrepiento tanto de haber ido a ese bar.

 

Autor: Liz Rayón

Derechos Reservados

¿Te ha gustado esta historia?

¡Haz clic en una estrella para puntuar!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar esta historia.

REDE
Author: REDE

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.