El Nahual En La Cárcel Historia de Terror

El Nahual En La Cárcel Historia de Terror

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Hace algunos años trabajaba en una cárcel estatal en la ciudad de México El Nahual En La Cárcel Historia de Terror. En comparación con otros centros penitenciarios, los reclusos no eran tan problemáticos. Siempre había problemas o algún tipo de disturbio, generalmente por conflictos entre los prisioneros. Aun así, desde que comencé a trabajar allí no hubo motines hasta ese momento, teníamos todo en un estricto control. Ya teníamos en cuenta quienes eran los reclusos más violentos, los más problemáticos, los que si bien no causaban disturbios siempre solían cometer alguna infracción. Por otra parte, sabíamos también quienes estaban simplemente cumpliendo condena esperando a que pasen los años.

El 13 de octubre del 2014 llegó un recluso que lo cambiaría todo. Quisiera dar su nombre, pero estaría violando varias normas al hacerlo. El sujeto había llegado esposado, se trataba de un hombre moreno de 33 años. Llegó con el torso desnudo y descalzo, llevaba puesto un pantalón de jean, sin ropa interior, había sido arrestado completamente desnudo, y el personal que lo atrapó consiguió esa prenda, aunque sea para realizar su traslado de una forma digna. Aún recuerdo su mirada hostil, poseía unos ojos color café amenazantes; una vez que te miraba a los ojos, no te quitaba la vista hasta que uno lo hiciera. Aquel sujeto tenía gotas de sangre en su boca y hasta llegar a su abdomen. Había sido arrestado por alterar el orden público y atacar a una familia, explicaron que se había lanzado hacia un hombre y había mordido su brazo de manera salvaje. Según me explicó un cabo, dio demasiado trabajo lograr reducirlo y esposarlo.

Se ejecutaron los procedimientos de rutina, se le tomaron las huellas dactilares y una fotografía. El recluso no hablaba una sola palabra, era difícil saber si no nos entendía o solo se negaba a hacerlo. Él se mostraba serio, parecía mantener una guardia constante, aunque no realizara algún tipo de movimiento sospechoso. Luego de intentar tomarle la declaración fue llevado esposado hasta una celda individual, no queríamos colocarlo con otros reclusos por seguridad, no teníamos idea de cómo reaccionaría. En esa sección había una serie de celdas individuales y pequeñas a lo largo del pasillo, 34 celdas de lado izquierdo y otras 34 del lado derecho. Luego de unos minutos se escuchaban los comentarios y las risas de los demás reclusos, era normal ese recibimiento entre ellos. Después de 30 minutos de que lo dejamos en su celda, uno de los reclusos comenzó a gritar desesperado. Acudimos 4 oficiales al instante sin entender qué sucedía, el recluso que gritaba era uno que estaba frente al sujeto del que les hablaba. Este hombre rogaba por su vida, que lo saquemos de allí. No lo reconocía, era un sujeto difícil de intimidar que llevaba ya 5 años de prisión. Intentamos hablar con él, pero se sujetaba de las rejas mientras las sacudía, había empezado a llorar, solo decía que por su vida lo saquen de allí. Notamos que miraba hacia el frente, directo al recluso que recién habíamos traído. El recluso nuevo estaba sentado en el suelo, miraba fijamente al sujeto que gritaba. Luego de prestarle atención, noté que no parpadeaba. Pasé mi mano por su campo visual y no reaccionó, seguía mirando al frente sin quitarle la vista al otro sujeto. Mis compañeros tomaron medidas para que se calmara, nos miramos entre nosotros sin entender nada. Uno de mis colegas comenzó a chasquear sus dedos frente al nuevo recluso, este seguía absorto. En un momento dirigió la mirada a mi compañero y le gritó de forma salvaje. Dos de mis compañeros saltaron del susto, a mí no me tomó tan por sorpresa, ya que le tenía los ojos encima. Luego el recluso de enfrente nos advirtió que el nuevo nos iba a matar a todos. La mayoría de los presidiarios comenzaron a alborotarse solamente para fomentar el disturbio. No sabíamos si tomar en serio al otro presidario, no parecía estar jugando, estaba en pánico. Llamé a un médico de turno para que lo revisara, mientras uno de mis compañeros se dirigió al nuevo. Comenzó a amenazarle de distintas cosas que le haría si es que buscaba problemas. El extraño sacó su brazo por la celda a gran velocidad, tomó del brazo a mi compañero y lo jaló hacia dentro como si quisiera ingresarlo entre las rejas. Recuerdo el sonido de su rostro chocar contra los barrotes hasta el día de hoy. Él trataba de liberarse, pero no lo lograba, así que sin pensarlo saqué mi arma de reglamento y disparé en la pierna del recluso, pero no reaccionó, seguía teniendo a mi compañero fuertemente sujetado. Volví a disparar, pero en su pie, así logré que perdiera el equilibrio y cayera. El silencio gobernó el pasillo, algunos de los presos vieron lo que sucedió, nadie se atrevió a emitir sonido alguno. Nos apartamos de él rápidamente. Noté algo que llamó mucho mi atención en su mirada, recordaba que sus ojos eran cafés, pero en ese momento eran de un extraño tono miel.

Luego de algunos minutos el médico revisó al recluso que estaba en ataque de pánico, nos explicó que era una simple crisis de nervios, luego le pedimos que revisara al nuevo, se negó totalmente. El médico nos contó la conversación que tuvo con el recluso que atendió anteriormente, no quería exponerse sin las medidas correspondientes. Uno de mis compañeros se rio del médico, lo trató de cobarde. Sin embargo, el oficial que fue atacado y yo lo comprendíamos. Debimos de reubicar al recluso que entró en pánico a otro sitio.

Uno de mis compañeros se quedó transitando en el pasillo durante algunas horas, solo para mantener presencia debido a los disturbios. Nos llamó por el equipo de radio con un extraño tono de voz, sonaba impactado. Llegamos en pocos minutos, él nos señaló la celda del nuevo. En voz baja, como si no quisiera que él nos escuchara, nos dijo que le pareció oírlo gruñir en más de una ocasión. Otro de mis compañeros nos habló sobre leyendas de nahuales, sobre brujos que podían transformarse en animales cuando lo necesitaran. El recluso comenzó a gritar a quien contó la historia de una manera muy salvaje, sacaba su brazo entre los barrotes con esperanzas de sujetarlo, aunque la distancia no era suficiente. Algunos de los reclusos adyacentes comenzaron a ponerse nerviosos. El extraño se veía fuera de sí, comenzó a aventar su cuerpo contra las rejas sin parar. Lo observamos con atención, entendíamos en ese momento que no habría manera de que derribara las rejas. Luego comenzó a emitir un sonido gutural, apoyó sus manos en las rejas y comenzó a hacer fuerza como para abrirlas. Su rostro se enrojecía por el esfuerzo, y notamos como levemente logró deformar los barrotes. Sentíamos que la situación se nos iba de las manos, teníamos a un recluso con 2 heridas de bala en su pierna que se mantenía implacable, y nos estaba demostrando una fuerza fuera de lo común. Llamamos a nuestros superiores al considerar aquello una situación anormal, los reclusos nuevamente se alborotaron, ahora estaban alterados por el temor que sentían. Vigilamos al recluso por varios minutos, este comenzó a caminar en círculos usando sus 4 extremidades como si fuera un perro. Realizaba un sonido que no encuentro manera de describir, su garganta emitía algún sonido grave, de tal forma que hasta a mí me dolía la garganta al imaginar su esfuerzo. Luego notamos como las venas de sus brazos se remarcaron, y al prestar atención lográbamos oír el sonido de sus articulaciones y huesos. Lo que era inconfundible, era como las vértebras de su columna comenzaron a sobresalir de manera evidente. Nuestro superior llegó de mal humor, ya que estaba durmiendo y lo habíamos despertado. Observó al sujeto y le restó importancia. Nos dijo que según él solo estaba llamando la atención, que solo era un loco o fingía, luego nos ordenó retirarnos porque creía que mientras más atención le diéramos sería peor. Estábamos seguros de que nuestro superior subestimaba la situación, le mostramos los barrotes forzados, aunque fuera muy poco, era demasiada la fuerza necesaria. Se dio media vuelta y se retiró, nos prohibió volver a molestarlo con ese tema. Yo me sentía intranquilo, de todas maneras, había que atender sus heridas, pero ninguno de nosotros se atrevería a ingresar a la celda y reducirlo. Deberíamos de usar tranquilizantes para poder asistirlo con seguridad, pero nuestro superior ya nos había ordenado dejar el asunto de lado. Temíamos que algo le sucediera y terminar sumariados por negligencia. Luego de algunos minutos me mantuve atento a él, no había dejado de caminar en círculos. En un momento me observa a los ojos y se quedó inmóvil. Lanzó un gruñido feroz y el foco de luz que estaba encima de mí explotó. Se generó un apagón en el pasillo, yo hui por instinto. El nahual comenzó a aullar mientras que los reclusos gritaban aterrados. Algunos de mis compañeros llegaron y me hablaron, no comprendía qué decían, estaba tan aterrado que por un momento perdí la noción de todo. Escuchamos a uno de los presos gritar más fuerte que los demás, pedía ayuda. Entramos en el pasillo a oscuras usando nuestras linternas de bolsillo. Logré ver una masa oscura moverse entre las sombras, desapareció casi al instante. Luego escuchamos el sonido de algunas piedras, al apuntar con las linternas vimos la reja en la celda del recluso separada de la pared desde un costado. Al buscar hacía todas partes, otro de los reclusos yacía muerto contra la reja, tenía un brazo fuera en una posición imposible, su hombro estaba dislocado. Al observarlo con atención notamos su ropa rasgada y su cuello cercenado. La luz regresó mientras asimilábamos lo que había sucedido. No encontramos nunca rastro del recluso, tampoco se elaboró orden captura, todo quedó en que había escapado por las “malas condiciones de la celda” y que por ello logró forzar la reja. El resto de los reclusos confirmaron que el nahual había escapado de su celda y atacó al primero con el que se cruzó, pero los testimonios de los reclusos fueron ignorados por las autoridades.

 

Autor: Pablo Rojas

Derechos Reservados

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