El Demonio De Hostotipaquillo Historia de Terror

El Demonio De Hostotipaquillo Historia de Terror

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Me gustaría relatarles la historia que mi Padre que me compartió hace tiempo, durante su estancia en el Municipio de Hostotipaquillo, años antes de que el Proyecto La Yesca se llevara a cabo El Demonio De Hostotipaquillo Historia de Terror. Habrá partes en las que se las contaré como Juancho se la contó a mi Padre, por ello será como si él estuviera hablando. Antes que nada cabe señalar que antes de este proyecto, Hostotipaquillo era un Municipio con poca accesibilidad y comunicación, no había caminos con muchos accesos, o era complicado llegar a los puntos en carretilla, en ocasiones era necesario llegar a pie y a campo traviesa.

Esta experiencia se la compartió uno de sus trabajadores, a quien prefirió que lo recordáramos como Juancho.

Mi Padre fue uno de los encargados de la Obra de la Yesca, en el municipio de Hostotipaquillo, por parte de la CFE (Comisión Federal de Electricidad), tenía que contratar mano de obra para realizar las actividades del lugar, por lo que se buscaba gente que conociera la zona y que estuviera dispuesta a dejar su hogar por varios días para trabajar a campo traviesa. Parte de las actividades que necesitaban desempeñar era cuidar el Polvorín, donde almacenaban los explosivos, por lo que para dicha tarea solo era necesario cuidar del lugar. Allí fue donde mi Padre conoció a Juancho, un joven de aproximadamente 23 años, quien a su temprana edad ya tenía un par de hijos, y que por necesidad buscaba ya trabajo. A él se le encomendó la tarea de cuidar del Polvorín, a lo que junto a otros de sus compañeros los trasladarían por carreta entre el monte hasta su punto de destino.

Esa madrugada, al subir a la carreta, Juancho había notado que sus compañeros de viaje dormían, a lo que él se dispuso a dormir también. Recién había llovido un día anterior, por lo que la niebla no permitía ver con claridad por donde se dirigían, no más allá de dos metros de su vista era lo que se podía distinguir. Cuando Juancho despertó observo que estaban muy cerca del borde de lo que parecía ser un barranco, a lo que la curiosidad lo invadió y pregunto a quién manejaba la carreta, pero no le contesto, de hecho se había percatado que nunca le había interesado verlo, aquella persona estaba cubierta por lo que era una saco oscuro fue todo lo que Juancho noto. No quería quedarse con la curiosidad a lo que observo a sus dos compañeros que ya se encontraban despiertos, uno de ellos lo miraba fijamente, no le quitaba la mirada de encima, a lo que Juancho aprovecho y pregunto sobre en qué parte del monte se encontraban, pero no le contestaron, cuando el hombre que conducía la carreta le dijo…

– Ya casi llegamos a donde te tienes que bajar – Esto desconcertó a Juancho pues hasta donde sabía él, todos trabajarían en el mismo lugar.

No pas´ó mucho tiempo para que la carretilla se detuviera, el hombre que la manejaba se bajó e indicó que Juancho se bajara, aún no le podía ver el rostro, era como si tuviera un cubrebocas que le cubriera toda la cara. Le pidió que lo siguiera a lo que parecía ser una casita muy común y pequeña, la cual estaba muy apartado de todo, era lógico pues al tratarse de un Polvorín no debería estar cerca de algún equipo de trabajo pues pudiera ocasionar alguna chispa. Al abrir el almacén en una esquina se encontraba la dinamita que utilizarían para detonar los túneles, mientras que del otro lado una mesita, silla y aun lado dos camas con cobijas y ponchos viejos.

-Por la mañana y tarde tendrás que cuidar del lugar, no abandones el almacén, solo será por Siete días, yo regresare por ti en la noche del séptimo día. – Dijo aquel hombre, quien nunca mostró su rostro. Juancho le pregunto por comida. – En las noches vendrá tu otro compañero, él trabaja de noche, traerá comida y más material, tú déjalo trabajar, él se va en la madrugada, justo apenas salga el sol. Juancho se acercó para darle las gracias dándole la mano, pero este hombre no le contesto, incluso a Juancho le pareció haber visto el rostro de aquella persona, pero lo que había visto, quizás había sido su imaginación, pues no le había logrado observar sus ojos. Así aquel hombre se retiró sin decir nada más, subiendo a la carretilla con los otros dos hombres arriba aun.

Afortunadamente, Juancho estaba preparado con algo de comida ese día, a lo que después de desayunar, salió un momento para revisar el lugar. El Almacén se encontraba justo al lado de un terreno seco, la tierra era muy resbalosa y arenosa, y muy apartado del lugar los árboles se alzaban sobre el barranco por el cual habían pasado. Así las horas pasaron, su labor solo consistía en cuidar del lugar durante siete días. La paga era muy buena por lo poco que se tenía que hacer.

Ya había anochecido, ya estaba muy oscuro y no se veía nada a los alrededores, solo el sonido de los grillos acompañaba a Juancho, aún estaba nublado, tenía prohibido prender alguna fogata, vela o antorcha, así que solo con una linterna en mano se metió al Polvorín para disponerse a dormir. Dentro del almacén se podía sentir más el frío que en el exterior, recordó que más al rato llegaría su compañero, a lo que sintió más tranquilidad y confianza. Ya acostado el olor a pólvora era muy penetrante, no lo dejaba dormir a Juancho, pero a pesar de lo precario del lugar, se logró quedar dormido al poco rato.

Más tarde, una serie de ruidos en el exterior le avisaban a Juancho que alguien había llegado, como no había luz no pudo distinguir de quien se trataba, pensó que se trataba de su otro compañero, por lo que decidió seguir dormido, pudo escuchar como alguien abría la puerta y se había quedado quieto, quizás se había percatado de que Juancho estaba allí dormido. A los pocos segundos escucho como aquella persona metía costales los cuales olían mucho más a pólvora, podía escuchar como los arrastraba por la arena para introducirlos y apilarlos en el mismo lugar. No lo podía ver, sin embargo, su respiración agitada se podía escuchar, sin darse cuenta se volvió a quedar dormido.

A la mañana siguiente sin dar muchas vueltas Juancho acomodo los costales que había arrastrado aquel hombre. Noto que había dos platos de comida, uno de ellos estaba limpio, con pocos restos de comida, mientras que la otra tenía comida servida y lista para comer. Así como una bolsa con Pan y Jamón.

Así pasaron un par de días, podía escuchar como la otra persona abría la puerta y metía costales, pero algo que le llamaba la atención a Juancho es que cada noche que pasaba podía escuchar como aquel hombre se acercaba más y más a él mientras dormía. Casi siempre a las 3 AM ese hombre llegaba, trabajaba y se retiraba. Sin embargo, en la cuarta noche todo cambio, aquel hombre después de haber metido los costales, se sentó frente a Juancho en la otra cama, con los ojos entre cerrados y al hacerse el dormido podía ver que aquel hombre se le quedaba observando, se levantó de donde estaba sentado y se acostó justo al lado de Juancho. Juancho se sentía bastante incómodo, podía sentir el calor en su espalda, por lo cerca de ese hombre, tenía un olor intenso a pólvora que hacía que se mareara, le daba mucho miedo sentirlo tan cerca, pues en su nuca podía sentir la respiración de aquel hombre, así se quedó hasta que amaneció y su compañero justo antes de que saliera el sol, ya se había ido.

Esa mañana al levantarse, salió rápidamente para buscar a su supuesto compañero, no tenía que costarle trabajo encontrarlo pues no había pasado mucho desde que había amanecido, pero por más que busco y busco no encontró a aquel hombre.

Juancho pensó seriamente que tenía que hacer, así que decidió no quedarse dormido y esperar a que llegara ese hombre y confrontarlo.

Ya tarde noche, Juancho ya se encontraba en cama acostado, pero despierto, escucho los ruidos de alguien acercándose, abrió la puerta aquel hombre y en vez meter los costales primero se dirigió rápidamente a la otra cama y se sentó frente a Juancho, era como si ya supiera que ya lo estaban esperando. El sonido de la respiración de aquel hombre eran tan fuertes como las de un animal grande, Juancho lo vio, logro ver que aquello que estaba sentado frente a él tenía dos grandes cuernos, y los ojos eran rojos brillantes, las manos de aquello que ya no parecía ser un hombre, eran pesuñas, esto le dio mucho miedo a Juancho quien comenzó a rezar y justo en ese momento aquel monstruo comenzó a reír y burlarse, él seguía rezando, no paraba y aquella cosa se quedó callada. Mantenía la vista fija en él, no le quitaba la mirada de encima, rezo con más fuerza y a viva voz, y esa cosa se comenzó a molestar, levanto un saco de polvorín como si hubiera sido un saco de plumas de gallinas y lo aventó a la pared. Esa cosa ya se encontraba molesta por la oración. Mientras Juancho rezaba esa cosa se quejaba, salían bufidos de su hocico, y arrojaba los sacos de polvorín con mucha facilidad. Por fin se quedó quieto, a lo que con una vez extraña y como si hubiera eco, le dijo…

-De mí no te escaparas – Aquella cosa abrió la puerta fuertemente que provoco que los vidrios de la habitación retumbaran, salió dejando la puerta abierta. A lo que Juancho se levantó rápidamente para cerrarla. Esa noche no dejó de rezar a viva voz, pues sentía que si lo dejaba de hacer por algunos segundos, aquella cosa regresaría.

Amaneció y al primer rayo de luz que se asomó entre las nubes, Juancho salió rápidamente para regresar a su casa. Y mientras corría por el sendero donde la carreta había subido tuvo la extraña sensación de que algo le perseguía, escuchaba como detrás de él crujían las ramas, inclusive cuenta como pudo ver que algo le arrojaba piedras por detrás, pero él no se detuvo. Juancho logro llegar al lugar donde se había subido a la carreta primeramente, ya no se encontraba lejos de su casa. Así llego exhausto, donde allí se encerró. Les contó de esto a su esposa e hijos, quienes le creyeron dudar. Esa noche mientras todos dormían, Juancho no lograba conciliar el sueño, veía por la ventana el exterior de la calle, volteaba hacia el monte que se alzaba ante todo el poblado, fue cuando escucho que el sonido de una carreta se acercaba, a lo que diviso como una carreta conducida por un hombre envuelto de pies a cabeza se estacionaba frente a su casa, en la carreta aún traía consigo a dos hombres. Allí se quedó parada hasta que Juancho se fue con temor a dormir a un lado de esposa.

Juancho menciona que la carreta se presentó más veces, hasta cumplir los siete días. Él podía sentir como se estaba volviendo loco poco a poco, así que decidió ir a renunciar al proyecto, pues menciono que ya no quería saber nada al respecto. Sin embargo, se dice y se cuenta que entre las calles de Hostotipaquillo aún se escucha una carreta, la cual ya lleva encima más personas y que aquello que la conduce es la misma Muerte.

Hoy Juancho ya no vive en Hostotipaquillo, a lo último que supo mi Padre de él, fue que se fue a vivir con sus hijos y esposa a Arandas, Jalisco.

Mi Padre me ha hecho mención de estas y otras historias, pues antes de que Hosto fuera tan reconocido, había tantas historias que se frecuentaban entre los lugareños a lo que, una recomendación para todos siempre fue, no dormir en el Monte pues allí es donde los Demonios aparecen y huelen a azufre.

 

Autor: Lengua De Brujo

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Author: REDE

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